Nacemos con un metrónomo dentro de nuestro cuerpo. Un latido constante que solo percibimos cada tanto, cuando el corazón se nos acelera o cuando hay mucho silencio, pero que siempre está ahí.
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Hace mil años leí una novela de H. G. Wells que se llama Hombres como dioses. No me acuerdo casi nada. Leí varios libros de Wells, pero de ese en particular apenas puedo recordar la trama: varias personas que van en un par de autos por una ruta, de pronto son transportadas a un mundo paralelo.
Eso sucede en las primeras páginas. El resto de la novela es una especie de descripción de este lugar, llamado Utopía, con unos habitantes que de tan perfectos parecen dioses. Los protagonistas hablan con ellos y a la par que se enteran cómo es Utopía, cuentan a su vez de dónde vienen, cómo funciona nuestra sociedad.
No me acuerdo de los detalles, ni nada de lo que contaban. Lo que sí recuerdo es haber tenido la sensación que de haber sido uno de los protagonistas hubiera sido un queso. Me acuerdo patente de haber pensado eso, que me hubiera sido imposible explicar nuestro mundo a otras personas.
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Las cosas que conocemos se nos escapan de las manos cuando tratamos de definirlas.
El tiempo, la música.
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Alguna vez fantaseé con una novela de ciencia ficción como la de Wells, pero en donde los protagonistas descubrían maravillados que la música de ese nuevo mundo era tan distinta a la nuestra por una cuestión anatómica: los latidos del corazón de esos seres latían a otro ritmo.
A veces, leyendo En contra de la música, sentí ese vértigo y entusiasmo de los mundos cuando se dan vuelta.
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Julio Mendívil escribió uno de esos libros que -cuando podamos volver a tener reuniones- hará que nos luzcamos en eventos sociales. Copa en mano diremos al círculo de personas que nos escuchan fascinadas:
Que los indígenas quechua de los Andes centrales consideran música el rumor del río.
O que…
Para los kaluli de Papúa Nueva Guinea la música real es aquella que producen los pájaros en las copas de los árboles, mientras que la humana no pasa de ser una imitación imperfecta.
O cautivaremos a nuestro público con anécdotas como esta:
Pocos días antes de morir su madre, cuando el alzhéimer ya había destruido su memoria y su capacidad para hablar, mi colega, en un acto que intentaba ser de alguna forma una despedida, le susurró unas palabras tiernas al oído. La madre, absorta en la demencia, no reconoció la voz de la hija. “No le hable -le dijo una enfermera a sus espaldas-, cántele algo”. Escéptica, mi colega entonó los versos de una vieja canción folklórica que ella había aprendido de su madre. Ante su asombro la anciana reaccionó casi inmediatamente, entonando las últimas sílabas de cada verso mientras esbozaba una sonrisa. En lo más recóndito de su cerebro, su memoria musical había sobrevivido, aunque fragmentada, a los embates crueles de la enfermedad. Esa fue la última vez que mi colega logró comunicarse con su madre, y este el último contacto de la anciana con el mundo exterior.